lunes, 27 de julio de 2009

De pequeño…

De pequeño vi una escena de una película, de esas gloriosas del cine mexicano de ficheras, que protagonizaban la señora Lyn “mil cirugías” May y el señor Jorge “de sabroso no me muero” Rivero. Todo se desarrollaba en una recamara (qué raro!!!) dónde se encontraban los personajes de Lyn Y Jorge exhibiendo sus cuerpos ante la cámara en una poco fingida sesión de sexo (menos raro aún, mis pastillas!!!). Pues bueno, sin hacer largo el cuento (como era obvio si le sucedía a otras cosas del señor Rivero) que los cachan!, y bueno pues que vístete rápido, qué es el compadre, qué si un salto por la ventana o el del tigre, que dónde quedó la bolita que me sube y me baja. De toda esa escena con una comicidad forzada, un tanto o más que las escenas de cachondearía, ajá!, la señora dice su parlamento (que le ha de haber costado mucho aprenderse, y no estoy criticándola) con tal naturalidad que logra me que un chamaco de escasos nueve años ría como nunca en esos días. “Y mis zapatillas” fue la frase.

Es una simplicidad y ni yo mismo me explico que fue lo que causó en mi tal reacción, pero fue la frase que use para todo lo que me causaba risa. La imagen siguió siendo muy cómica por alrededor de dos meses. No volví a ver películas de ficheras por mucho tiempo, de hecho creo que esa la vimos en casa de mi primo y por un accidente pues estábamos buscando las de “terror”. La tarde valió la pena por esa frase, bueno también gracias a don “de sabroso no se muere”.

Desde entonces reír es un aspecto muy importante en mi vida. Trato de reír siempre y ante todo, de mi, conmigo, con los demás y hasta de los demás (por qué no?). También río de mis problemas, no los minimizo, es muy distinto, me río de ellos, de sus soluciones tan a la vista que no descifro, de lo complejos que perecen, de las noches de sueño que me quitan. Río. No siempre tan fuerte como quisiera, a veces acompañado de algunas lágrimas; de alegría o dolor que importa. Solo sé que no quiero dejar de hacerlo.

Mis amigos saben que puedo ser muy ácido, y que en ocasiones mi risa es descarada y de burla, pero otras tantas disimulan un dolor que escondo, una verdad a la que no le permito asomarse a la ventana que son mis ojos. Ellos lo saben, y yo se que lo saben, sus miradas me lo han dicho. Pero temen preguntar, enterarse que algo duele acá dentro. Algunos atrevidos lo han cuestionado, no creo haberles decepcionado con mi respuesta, “si me pongo triste, y sí, si me deprimo todos los días al llegar a casa”. Tampoco ellos me decepcionaron, sabía que les daría gusto conocerlo de mí; que pena, yo que todavía los creo mis amigos. Pero mentí. Por eso no nos debemos nada. Tienen la respuesta que quiero y sigo riendo, en realidad me gusta reír, ser el payaso. Es mejor y todo lleva a donde mismo.

La verdad es que la última vez que me deprimí, estaba bajo la euforia del alcohol y otras drogas psicotrópicas que no recuerdo si superé mi depresión o sigo en ella. Mi vida desde entonces dio un giro, mejor dicho: está dando giros. Estoy mareado. Así que puedo identificar mi estado emocional, si estar deprimido es buscar el constante crecimiento, nuevas formas de besar o mentir, llorar y reír al mismo tiempo, un día caminar sin rumbo y luego regresar a la nevería que visitabas en tus años de prepa, sí lo estoy. Si es no conformarse, tratar de corregir errores, buscar ser perdonado y perdonar, huir de la monotonía, tratar de alejar los odios propios y ajenos con cuanta oración se aprende, entonces si estoy deprimido. Y si deprimirse es querer no despertar para no ir a un trabajo que te ha aburrido, y por la tarde buscar uno nuevo, lo estoy.
No me gustan las cadenas, ni como accesorio de moda. Tampoco las mascadas, mucho menos si se usan de mordazas. Yo quiero reír, reír porque Lyn May ha olvidado con la prisa sus zapatillas. Reírme del dolor estando consiente de él. La vida me ha regalado esto que yo considero un don. Si, amigos, he estado deprimido y aún así me he reído. No me gustan me vean triste, ni verles así. No quiero que se entristezcan por mí, vamos a reír. No los he engañado, ya en si el dolor puede encarcelarnos en una tristeza desgarradora, como para darle aún más poder. Si quiero que me vean feliz es porque así lo soy cuando estoy con ustedes. No juego al doble cara, me gusta lo que soy cuando estoy con ustedes. Pero también disfruto ser quien soy, cuando no estoy.

Doctor Jekyll y Mister Hyde, no. No es para tanto.

viernes, 24 de abril de 2009

De mayor...

¿Alguna vez has tratado de correr hasta que tus energías se hayan agotado y solamente te quede la respiración exaltada, entonces llegue un huracán y se la lleve? Hoy fui el huracán.

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Los seres humanos somos un cúmulo de ideas que transitan en todas direcciones, y como consecuencia directa de todos estos choques deberíamos ser más tolerantes y nuestra capacidad de adaptación al constante cambio un requisito obligado en el currículo de cada uno de nosotros, ¿entonces porqué la intransigencia sigue aquejando a nuestra sociedad?. Escuché todo lo anterior sin pestañear en lo más mínimo, sabía que él tenía razón, de hecho toda la razón, pero ese tema no me merecía interés, tuve otras prioridades antes que preocuparme por un par de vecinos racistas, homofóbicos o fanáticos de cualquier culto. Deberíamos ir al antro hoy, sugerí, noté su reacción molesta por mi desinterés, en respuesta lo abracé. Nadie que limite la libertad de ser quien eres debe ser escuchado, cualquiera que sean sus motivos; sentencié y di señal de que el tema había terminado, al menos para mí.
Llegamos al bar tan puntuales como siempre y estuvimos bailando ubicados en el lugar acostumbrado: cerca de la barra, lejos del baño y en centro de la pista. Lo mejor de la noche sería que nos encontraríamos con un viejo amigo, ex pareja, nos divertiríamos hasta salido el sol y quizás si la suerte nos acompañase tendríamos sexo con algún desconocido; todo según lo acordado. El viejo amigo aviso con un mensaje de texto que no podría acompañarnos, el hecho no bajaría nuestros ánimos aunque no fue así a pesar de mis intentos. A él le seguía inquietando sobremanera el tema de la intolerancia, habló de un artículo que leyó en el periódico días antes. Es imposible creer que en la actualidad existan personas tan cegadas, con eso inicio su comentario para terminarlo así: pero confió que pronto cambie la imagen que tienen de nosotros, pues no somos malos ¿verdad?
Dudé en mi respuesta, decidí no contestar y disimulé saludando a un conocido. Insistió en que le diera una respuesta, salimos a conversar al patio para evitar el bullicio del lugar. Sí, si somos malos le dije, pero no tiene nada que ver con nuestra preferencia sexual puntualicé. ¿Todos tenemos el libre albedrío no? Pues simplemente algunos vemos el lado obscuro más atractivo, y eso no discrimina a heterosexuales, -ja. Reí y aproveche para intercambiar miradas con un extraño.
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En ocasiones me imagino bailando abrazado a él, dejo que guie mis pasos, le cuento sobre mis planes juntos, de los viajes que nos faltan por hacer y lo mucho que lo extrañé mientras aparecía en mi vida, él, el indicado.
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Un sentimiento de tristeza invadía sus ojos mientras daba respuesta a sus preguntas, entendí de inmediato lo que sentía. La empatía no era un casualidad, desde hace tiempo que vengo sintiéndome de esa manera. Preguntándome si acaso existe “el indicado” o si algún nuestros caminos habrán de cruzarse. El no lo sabe, pero no tengo respuestas a sus preguntas, no las que me gustaría decirle y escuchar a la vez. Solamente lo que creo, siento y pienso. Que no somos raros, enfermos o malas personas. Que nuestra decisión de llevar una vida diferente a la mayoría no nos aleja de la “normalidad”, pues, ¿quién es normal al final del día?, pero también dudo y me siento solo. El miedo me carcome por dentro y cuando quiero gritar enmudece mis labios. Me encuentro en la mañanas, muchas de ellas triste, y otras tantas con una afán de huir a un mundo nuevo.
Callé por unos minutos mientras trataba de explicarme a mí mismo, que el hecho de no tener pareja venía molestando ya de tiempo atrás pero que en realidad no era ese mi problema, antes debía resolver otros asuntos. Venía escondiéndome durante un largo tiempo hasta de mi, entonces mi reciente “salida del closet”, me tenía inquieto, una pareja no llega así como así, y yo debía centrarme en conocerme, aceptarme como homosexual y dejar de ser intolerante conmigo. El primer homofóbico que me he topado en el camino he sido yo. Mientras eso no cambie no tendré avances en mi vida. Respiré profundo y le dije: en adelante camino solo.
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¿Has despertado con la conciencia de que algo que no puedes explicar sucedió la noche anterior, pero tu única prueba de ello son tus emociones?
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Hace tiempo que acepté ser su amigo, y ahora trato de convencerme que terminar con su amistad es lo mejor para mí, y ya lo extraño. Él hacia los días llevaderos y menos solitarias las noches. No ha pasado la primera noche y siento que un hueco el lado izquierdo del pecho va disminuyéndose. Es una rara sensación de confort y tristeza.Mis ojos brillan, lo sé por el espejo que tengo enfrente me ha regalado su destello, le pregunto que si lo ha visto, no me responde pues se ha ido. Se pierde entre todos, busca un nuevo compañero, un pinchazo en mi estómago me advierte los celos que estoy sintiendo pero luego se van y los sustituye el aleteo de miles de mariposas. Regreso la mirada al espejo, me noto apacible, pienso que nuestra amistad posiblemente no haya terminado. Él necesita más de mí, pero yo no quiero necesitarle más a él, me niego.
Me divierte verle coquetear a los menores y ser rechazado por lo que ya se han aceptado…
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¿Cuánto tiempo se puede ser amigo del miedo?
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